Escribir sobre Gustavo Martínez Sierra exige reconocer, desde el inicio, que su legado no puede reducirse a una sola voz ni a una enumeración de logros. Su presencia se entreteje en la formación, la colaboración académica y el acompañamiento humano que ofreció a quienes compartimos con él distintos momentos de su vida intelectual. Con profunda consternación y gratitud, este homenaje reúne tres miradas —la de una formadora, la de una compañera de estudios y colega, y la de una estudiante que llegó a ser colega— para aproximarnos, sin pretensión de exhaustividad, a las huellas indelebles que dejó en la matemática educativa y en nuestras propias trayectorias. En ellas se reconocen el rigor del investigador, la generosidad del maestro y la calidez de quien supo hacer de la vida académica una forma de encuentro.