Una distinción entre pruebas que prueban y pruebas que explican es parte invariable de las discusiones recientes en epistemología y en educación matemática. Esta distinción se remonta a la época de los matemáticos que, como Bolzano o Dedekind, intentaron restablecer a las matemáticas puras como una ciencia puramente conceptual y analítica. Estas tentativas reclamaron, en particular, una eliminación completa de los aspectos intuitivos o perceptivos de la actividad matemática, sosteniendo que se debe distinguir de forma rigurosa entre el concepto y sus representaciones. Utilizando una aproximación semiótica que refuta una separación entre idea y símbolo, sostenemos que las matemáticas no tienen explicaciones en un sentido fundamental. Explicar es algo así como exhibir el sentido de alguna cosa. Los matemáticos no tienen, sin embargo, como vamos aquí a intentar demostrarlo, sentido preciso, ni en el sentido intra-teórico estructural, ni en comparación con la objetividad intuitiva. Los signos y el sentido son procesos, como vamos a sostenerlo inspirándonos de Peirce.
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